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VII

Hoya la mañana pura

estanques de plata entre las ramas;

el trinar de cien pájaros,

despierta a la montaña.


Sobre el monte tendida

pende limpia alguna sábana

y en las hojas tiemblan

perlas vítreas y esmeraldas.


En algún lugar.

Pero yo escribo

en la hueca soledad

de mi negra cámara.

VI

(Adiós un rato mundo cruel)


Se agrietaron más y con surcos hinchieron
los pliegues tectónicos de mi cabeza
y caí afortunado
al pozo de la entelequias.
Un día como cualquiera.

V

Si alguna vez fui cursi en mis achaques

delirando golondrinas, fantasmas, menudos senos,

arreboladas caras, bellos luceros…

Si alguna vez caí en la tentación

-por miedo a evitarla-

y recé a la risa muy devoto del dios bufón…

O si alguna vez inventé aristomentiras

para excusar la náusea

del tiempo, el mundo y otra mierda;

todo a vuestra discreción lo dejo

porque a mí ni eso ya me importa

[ni nada].

Desperté un día con el denso fulgor de la muerte.

IV

El lucero brama en las espigas desgranadas

centellas de sol sobre el centeno recortado

y los tallos se enhebran cortos en el viento

que no los orea candentes como hacía;

ni entonarán frugales salmos aullando mares de oro

ni versarán fertilidad arrebolada en sílfides de vida,

y claudican desmembrados a secarse sin espigas…

un año más.

III

(Fantasía)


Adormecida la vigilia en el fango candente,

vencí al fuero armado de los hombres

viendo volar al cielo rojo del ocaso.

¡Aleluya! -

Repetí aullando entre constelaciones nuevas.

¡Aleluya!

II

(Sarabande)


Noble alcurnia, azules lágrimas sangran

rotos gritos y tendidos en satén;

dolor húmedo que traga la almohada

a la voz de ¡hija mía, a tus pies!

Honda pena el viento lleva,

corre entre retablos, cuero y algodón,

entre mil puertas languidece,

-mil alcobas, cien salones-

a perderse en el tiempo, en fin.

¡Que quebró no hace un mes su esposa

y nonato perdiose un varón!

¡Que pende ahora el cabestrillo

en el cuello puro de su hija pura

perlado de zafiro y amatista

colgando sobre el baldaquín!

Lastimera ya su furia

un golpe nuevo en el colchón

¡hija mía, a tus pies!

que salpica sangre azul,

carmesí contra las sabanas.

Pero, ¿y qué? Si el llanto

fuga ligero con la brisa

y luego… ¿luego qué?

adiós, muerto,

que nada resta escrito,

ni los gritos,

ni la pena,

ni la sangre,

ni la memoria.

I

(Bromita en verso)


Llovía el viento

húmedo de primavera.

Los fanales teñían

fauces rojas en la acera.


Entre las puntas frías

la noche vertía

tonto luto en la brea

y a paso holgado

era solo yo quien jodía

el aguo juego aquél

íntimo y fluvial

de la acequia negra.


Llovía el viento

húmedo de primavera.

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